Volvamos a la tierra, en nuestro barrio
Últimamente la idea de la tierra, la patria o el barrio merodea mi cabeza. Siento que ahora, en los años 2020, todo nos empuja al desarraigue. La vorágine de los horarios, las rutinas de los niños, el ruido de la ciudad y nuestra continua insatisfación nos hacen estar siempre buscando. Y, sin embargo, incapaces de parar a ver si hemos encontrado.
Desde que empezamos a educar a nuestros hijos en casa, el deseo de poder proporcionarles un entorno sano, estable y rico también nos ha empujado a una incesante búsqueda de conocer familiar afines con las que poder fraternizar. Entre semana lidiamos con las lecciones, tener el puchero caliente y la colada, y cuando llega el fin de semana, intentamos estirarnos para ver a nuestras familias y poder también socializar con otras familias.
Pero los tiempos de Dios no son los tiempos de los hombres, y en las prisas se esconde el demonio.
En las prisas de encontrar nosotros mismos lo que deseamos, de movernos a toda costa y en su asociada falta de silencio, nos sentimos desarraigados. Nuestro hogar se vuelve un hotel en el que se cambian las sábanas los sábados por la mañana a toda prisa antes de ir a alguna comida, y nuestro pueblo simplemente donde pagamos los impuestos locales y votamos cada cuatro años. El calendario es un Grand prix de fin de semana en fin de semana.
Tenemos un hogar, pero no conocemos al vecino. Vivimos en un pueblo, pero no vamos a su iglesia. Comemos con nuestros padres algunos domingos, pero ya no les vemos tras hacer un recado. En esa soledad, nuestro yo clama al cielo: Señor, ¿qué quieres de mi? Ayúdame. Hágase tu voluntad y no la mia. Sólo te quiero a TÃ, pero en el ir y el hacer no te encuentro.
Un dÃa, mientras oraba a las once de la noche, porque es el único momento del dÃa en el que encuentro recogimiento, me topé con el siguiente texto, en el libro de La Fuerza del Silencio, de R. Sarah:
Dios nos sostiene y, si guardamos silencio, vivimos con Él en todo momento. Nada nos permitirá descubrir mejor a Dios que su silencio grabado en el centro de nuestro ser. ¿Cómo vamos a encontrar a Dios si no cultivamos ese silencio? Al hombre le gusta viajar, crear, hacer grandes descubrimientos; y se queda fuera de sà mismo, lejos de Dios, que vive en silencio dentro de su alma. Quiero recordar la importancia de cultivar el silencio para estar realmente con Él. Citando el libro del Deuteronomio, san Pablo explica que no encontraremos a Dios atravesando los mares, porque Él está en nuestro corazón: «No digas en tu corazón: ¿quién subirá al Cielo? -esto es, para bajar a Cristo-; o ¿quién bajará al abismo?, esto es, para subir a Cristo de entre los muertos. ¿Qué dice, en cambio? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Se refiere a la palabra de la fe que predicamos. Porque si confiesas con tu boca: Jesús es Señor, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, te salvarás» (Rm 10, 6-9; Dt 30, 12- 14. 16).
¿Puede ser que estemos buscando en el sitio equivocado? ¿Que dentro de la costumbre de estar siempre en movimiento se nos ha escapado lo más básico? ¿Estamos una vez más intentando forjar un imperfecto mundo a nuestra medida?
Entonces me acuerdo de nuestro jardÃn, de nuestro huerto y de las gallinas. La tierra no es asÃ. La tierra es silenciosa, lenta al cambio y fértil en la paciencia. Y en esa lentitud, mi corazón reposa. En el barro, los brotes y el animal nos reencontramos con nuestro Dios. Nos volvemos co-creadores a la vez que reconocemos que somos creación. Luchamos contra el sol y nos rendimos ante el viento, pero nos llenamos de gozo antes la lechuga y los huevos que recogemos. A un ritmo que nos es dado, que no elegimos. La naturaleza nos humilla, y nos eleva la mirada.
Y cuanto más trabajamos ese pequeño pedregal rodeado de encinas, más lo conocemos, y más lo amamos. Y mejor lo trabajamos, y más quietud tenemos. Y en el silencio de la noche, descansamos, y al sol de la tarde volvemos.
Empiezo a pensar que en la encarnizada batalla contra el desarraigue y la tolvanera de nuestros frenéticos dÃas, la mejor arma puede ser volver al barrio, y a la tierra. Al barrio porque nos ponemos delante de quien nos es dado, y a la tierra de lo que nos es dado. Y optamos por conocer ambos, porque el que conoce, puede amar, y el que ama, pertenece. Pero corriendo de un lado a otro, uno nunca conoce, y por tanto nunca pertenece.
Pero todo lo bueno, el demonio lo ataca, y en seguida, cuando empezamos a conocer, también empezamos a ver los defectos. De nuestra tierra, de nuestro vecino y de nuestro párroco. Pero la virtud sólo se desarrolla en la adversidad, y el amor en la perseverancia. Y siento que justo a eso es a lo estamos llamados: abre la puerta a tu vecino, conócele y ámale.
¡Qué torpes somos, oh Señor! Ten misericordia de nosotros. Ayúdanos a amarte como tú nos amas a nostoros. A acoger tu voluntad y educar a nuestros hijos en el santo temor a ti. ¡Nada más nos llena!