Volvamos a la tierra, en nuestro barrio

A veces recuerdo cuando cogía el autobús hacia Soria en verano, para pasar unos días con mis padres. Era la linea de Zaragoza. Salía de Avenida América y apenas tardaba unas horas. Sin embargo, era cruzar Medinaceli y la tierra empezaba a volverse roja, arcillosa. Los campos mostraban el barbecho amarillo y empezaban a verse los primeros pinares. Se me ponían los pelos de punta. Esa era mi tierra. Mi casa. Mi hogar. Había algo indescriptible en el agarrotamiento que sobrecogía mi corazón al ver los caminos entre los que me había criado, en los que me había arañado las rodillas y cogido piedras para lanzar al río. Me recordaban que yo era parte de algo más grande que yo mismo, que incluso mi propia familia o la generación actual. Esos campos habían sido trashumados y esos pinos cuidados por otros antes que nosotros. Ahora eran nuestro legado, y mañana el de nuestros hijos.

Últimamente la idea de la tierra, la patria y el barrio merodean mi cabeza. Siento que en los últimos años todo nos empuja al desarraigue. Nos hemos acostumbrado a vivir en ciudades llenas de ruido, donde pararse a escuchar el canto de un pájaro es una proeza, rutinas donde no cabe un alfiler, que no nos permiten disfrutar de una sobremesa sin mirar la hora, o bloques en los que no conocemos a nuestros vecinos ni si quiera de vista.

Sin embargo, mi corazón pide lo contrario. Me pide lentitud, pertenencia, familiaridad, silencio. Estamos hechos para amar: a nuestras familias, a nuestra tierra, a Dios. Las prisas, el ruido y la carencia de cercanía todas nos invitan a lo contrario. Nos impiden intimar con nuestro entorno, conocerlo y amarlo. Pero corazón siempre es el último en ser engañado.

Tierra

Últimamente la idea de la tierra merodea mi cabeza porque desde que empecé a vivir en el campo, estoy descubriendo cómo los ritmos naturales de la creación re-centran nuestro espíritu en lo importante: la contemplación.

Lo artificial, lo creado por el hombre, las ciudades, nos invitan a pensar en nuestra auto-suficiencia, en nuestra soberanía y que con el suficiente esfuerzo y tiempo, todo lo podemos.

Lo natural, la creado por Dios, el monte, nos invita a pensar nuestra dependencia, en nuestra condición de criatura, no creador, y en que la realidad nos es dada. Que nosotros ponemos la semilla, pero que crezca es un regalo.

Así, el silencio y la contemplación toman un papel central en la vida, y nos acercan a aquello para lo que hemos venido a este mundo. Una noche, leyendo al Cardenal Sarah me tope con esta reflexión:

Dios nos sostiene y, si guardamos silencio, vivimos con Él en todo momento. Nada nos permitirá descubrir mejor a Dios que su silencio grabado en el centro de nuestro ser. ¿Cómo vamos a encontrar a Dios si no cultivamos ese silencio? Al hombre le gusta viajar, crear, hacer grandes descubrimientos; y se queda fuera de sí mismo, lejos de Dios, que vive en silencio dentro de su alma. Quiero recordar la importancia de cultivar el silencio para estar realmente con Él. Citando el libro del Deuteronomio, san Pablo explica que no encontraremos a Dios atravesando los mares, porque Él está en nuestro corazón: «No digas en tu corazón: ¿quién subirá al Cielo? -esto es, para bajar a Cristo-; o ¿quién bajará al abismo?, esto es, para subir a Cristo de entre los muertos. ¿Qué dice, en cambio? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Se refiere a la palabra de la fe que predicamos. Porque si confiesas con tu boca: Jesús es Señor, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, te salvarás» (Rm 10, 6-9; Dt 30, 12- 14. 16).

Patria

Últimamente la idea de la patria merodea mi cabeza porque desde que empecé a conocer a mis vecinos me di cuenta de que tenemos toda una historia en común. Que las encinas que podamos juntos para leña las plantaron sus abuelos, y los caminos para llegar, sus antepasados.

Una historia que explica cómo hablamos, qué comemos, cuándo nos vemos y por qué nos conocemos. Una historia no de desconocidos, sino de nuestra misma famila, en infinita recursividad. ¡Qué bello es formar parte de una historia más grande que uno mismo!

Así, esa historia y cultura, que no es sino nuestra patria, cada día están más presente en nuestra vida de familia, y nos ayudan a entender nuestro camino por este mundo.

Barrio

Últimamente la idea del barrio merodea mi cabeza porque cuanto más nos arraigamos en el pueblo, más pertenezo a él y su historia particular. También porque siento que el Señor sale a nuestro encuentro en lo concreto, lo cercano, lo inmediato, y esto inherentemente es nuestro vecino y nuestro pueblo.

Batalla

Cada día me convenzo más de que en la encarnizada batalla contra el desarraigue y la tolvanera de nuestros frenéticos días, la mejor arma puede ser volver al barrio, y a la tierra. Al barrio porque nos ponemos delante de quien nos es dado, y a la tierra de lo que nos es dado. Y optamos por conocer ambos, porque el que conoce, puede amar, y el que ama, pertenece. Pero corriendo de un lado a otro, uno nunca conoce, y por tanto nunca pertenece.

Cuanto más trabajamos ese pequeño pedregal rodeado de encinas, más lo conocemos, y más lo amamos. Y mejor lo trabajamos, y más quietud tenemos. Y en el silencio de la noche, descansamos, y al sol de la tarde volvemos.