Una cosa detrás de la otra
Abba José dijo a Lot: “Tú no puedes convertirte en monje si no te conviertes totalmente en un fuego que se consume”.
El otro día en el apiario, aún estaba buscando una herramienta, cuando mi maestro me pidió un cuadro de cera para estirar. Al verme que dejaba de buscar la herramienta para ir a por el cuadro, me dijo: “No, Javier, primero una cosa y luego otra. Sin pausa, pero sin prisa. Termina de buscar la herramienta primero.”
Hoy me he despertado a las seis y media y tras un poco de remolonear, al final me he levantado. Sólo ha costado que empezara a pensar en todo lo que quería hacer: llevar a mi hija a natación a primera hora de la mañana, preparar el pan de masa madre, mi trabajo de día, y, si Dios quiere, algunas tareas de jardín al caer el sol.
Lo primero que hago todas las mañanas, sobre todo cuando madrugo, es prepararme una taza de café y tomarmela mirando por la ventana. Para mi, en ese momento se para el tiempo. Y así ha sido como he caido: “Primero una cosa y luego otra”. No estamos hechos para la concurrencia, para el paralelismo mental. Por el contrario, estamos hechos para una profundidad de pensamiento inigualable en la naturaleza. Para reflexionar, desengranar y filosofar sobre nuestras experiencias, crecer a partir de ellas, y continuar meditando las nuevas. Pero siempre una detrás de otra. No varias en paralelo.
Me he acordado de una conversación que he tenido esta semana con un vecino del pueblo. Ahora tiene 80 años, pero antes era panadero y me contaba que antiguamente se trabajaba muchísimo más que ahora. Las horas eran larguísimas. En su caso, el día empezaba a las dos de la madrugada para ir a cortar retama y jara al campo que luego utilizarían en los hornos, y a partir de ahí ya era una cosa detrás de otra. Pero el ritmo era otro. Como decía, el día también acababa a la hora a la que tenía que acabar, y si no habían terminado de hacer lo que tenían intencion de acabar, no pasaba nada porque se comenzaría por ello al día siguiente. Y con esa mentalidad, siempre se descansaba en paz.
Nuestros tiempos
Sin embargo, hoy en día, para muchos, nuestros días no son así. Nuestra vida ya no viene conformada por nuestro trabajo, cerca de casa y siete días a la semana así como la socialización con nuestros vecinos inmediatos, sino que entrelazamos trabajo, deporte, extrascolares variadas y socialización con amigos que no pertenecen a ninguno de estos grupos. Y cada cosa en un lugar distinto.
Cuando nos despertamos tenemos que mantener en la cabeza nuestra agenda, la de nuestra esposa y las de nuestros hijos. Cada día empieza con una enumeración mental de todas las tareas que tenemos que hacer nosotros, y el resto de la familia. Si tenemos suerte, el trabajo es un remanso de paz en el día, pero sino, continua añadiendo carga cognitiva a nuestros días. Concurrencia mental.
En el plano social, vivimos los fines de semanas completamente estirados sin ser capaces de llegar a todos los planes que querríamos. Nuestros grupos de amistad están tan segregados que necesitamos estar constantemente multiplexando las visitas e invitaciones, y cuando ya hemos cumplido con todos, tenemos que de nuevo empezar. Como un ratón que persigue al gato. Mentalmente no vemos a nuestros amigos un día y luego otro, sino que hacemos malabares mentales para poder encontrar el tiempo de verlos a todos, de encajarlos en nuestros apretados calendarios digitales.
Pero hay muchos más planos en los que la concurrencia nos oprime. Economicamente, con el aumento en uso de pagos digitales, el flujo de dinero en el hogar se ha vuelto tremendamente complicado. Ya no hay un día al mes en el que recibes un cheque o un fajo de billetes, y los vas racionando, sino que en algún momento del mes recibes una transferencia que has de validar a través del portal del banco, a la vez que los cobros de cada compra, de cada subscripción, de cada deuda van aparenciendo en la cuenta corriente a su propio ritmo y sin nosotros realmente tengamos una conciencia completa a no ser que estemos cada día mirando la cuenta y mentalmente tomando nota.
Por otro lado, con la emergencia de la IA, nos está pasando algo parecido con la ingesta de información. Tradicionalmente, cuando hemos querido formarnos sobre un tema, hemos buscado libros y, ocasionalmente mentores. El proceso de aprender nuevos conceptos era lento y conllevaba una lenta maduración: nos leíamos un capitulo sobre la cría de abejas reinas y lo meditabamos durante el resto del día hasta que teníamos tiempo a leer el siguiente capítulo al día siguiente. Sin embargo, con la IA, podemos hacer preguntas perfectamente dirigidas que nos den una respuesta inmediata. Así, en mi experiencia, suceden dos cosas: la primera que no hacemos preguntas sobre un solo tema y profundizamos en el, sino que hacemos preguntas de mil cosas y no profundizamos en ninguno. La segunda, que estamos todo el día haciendole preguntas, en vez de durante el rato dedicado de aprendizaje, de nuevo, inmiscuyendo ese tiempo de saciamiento de curiosidad con todo lo demás que está suceciendo en el día. Esto ya empezó a pasar con la proliferación de los teléfonos inteligentes, internet, y los buscadores, pero con la IA siento que se exacerba.
Primero una cosa, y luego otra
Cada vez están más de moda temas como el “detox digital” o los “wellness days”, pero tenemos que hacer un trabajo de reflexión profundo sobre por qué los necesitamos. Cuál es el origen de todo. Todo lo demás es poner parches.
Yo, hoy, creo que tenemos que volver a lo que me dijo mi maestro en el apiario: primero una cosa, y luego otra. Y esto ha de permear todos los aspectos de nuestra vida. El problema de nuestros tiempos no es trabajar mucho. Es trabajar desordenado.