Caminante, no hay camino

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

Antonio Machado: «Poema XXIX», en Proverbios y Cantares

Todos estamos marcados por dos certezas: nuestros anhelos y la realidad. Ambas coexisten, a veces alineadas, otras yuxtapuestas. Pero nuestra capacidad de controlar ambas es muy limitada.

En mi caso siempre ha habido un coqueteo cortés entre ambas, aunque nunca se han arrimado perfectamente. El deseo de vivir más cerca de la naturaleza, educar en casa o de construir un hogar rodeado de belleza han sido en estos últimos años algunos de los anhelos que más cerca he tenido del corazón. Y entre las realidades; los anhelos de mi esposa, el temperamento de mis hijos, mi profesión o las relaciones con nuestros padres, hermanos y amigos.

Todas forman un paisaje perfecto que sobrevolamos e intentamos dirigir durante la mayor parte de nuestra vida. Son como un arbusto que un jardinero ve crecer e intenta ir modelando lentamente como árbol. Algunos cortes aciertan y otros no. Si es sabio y conoce su naturaleza, se conforma con simplemente guiarlo, pero sino, tajará impertinentemente y el arbusto simplemente acabará siendo al final una sombra de lo que podría haber sido.

Mientras tanto, en este vórtice de estímulos, hay un tercer factor que a veces ignoramos: la Providencia. Ese sutil cuidado del Espíritu Santo que intenta influirnos hacia nuestro verdadero fin, dar gloria a Dios en todo cuanto hacemos. Hacer su Santa Voluntad.

El Espíritu de Dios es como el viento en ese paisaje que sobrevolamos. La lluvia que influye el crecimiento del árbol. De nuevo, si somos sabios, si tenemos ojos para ver y oidos para oir, simplemente montaremos el viento y surcaremos el paisaje sin esfuerzo. De lo contrario, el vuelo se volverá como la piedra de Sísifo. Cristo nos manda la ayuda necesaria. Siempre abunda, pero para que hagamos su Voluntad, no la nuestra.

Anoche, me gustó mucho uno de los fragmentos de la novena a San José que estoy rezando con un compañero de trabajo:

Oh benignísimo Jesús así como consolaste a tu padre amado en las perplejidades e incertidumbres que tuvo, dudando si abandonar a tu Santísima Madre su esposa, así te suplicamos humildemente por intercesión de San José nos concedas mucha prudencia y acierto en todos los casos dudosos y angustias de nuestra vida, para que siempre acertemos con tu Santísima Voluntad.

Esta es la verdadera estrella polar: que “siempre acertemos con tu Santísima Voluntad.”.

En este último año, he vivido ambas caras de la luna: la claridad al empezar a educar en casa o comprar tierra para trabajarla en familia, y también la oscuridad de las dudas al afrontar las dificultades en el camino. Hoy, reflexionando, me doy cuenta de que hasta en eso nuestro Señor es sabio: no hay fé con certeza igual que no hay amor sin libertad. Tampoco hay un camino. Se hace camino al andar, y Cristo quiere que aprendamos a fiarnos de Él.

«¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?». Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma. (Mateo 8, 26)

Es ante estas dificultades que la única oración que me sale es: “Señor, ten misericordia de mi. Ayúdame a hacer tu Voluntad. No sé qué tengo que hacer, a dónde tengo que ir, pero me fío enteramente de ti. Toma tú las riendas de mi vida. Dame ojos para ver y oidos para oir.”.